viernes, 4 de mayo de 2012
No creo en la suerte
miércoles, 28 de marzo de 2012
Una vez al mes, las cucarachas.
martes, 13 de marzo de 2012
Moren@s que quieren ser Rubi@s
Ellas:
jueves, 9 de febrero de 2012
Vuelva usted sobre las seis
- No creo que sepa usted lo que me está pidiendo.
Abrió la boca. Para hablar, creo. Fue derrotada por su sistema nervioso.
- ¿Sabe lo que me está pidiendo? –Percutí. Me pirra aliterar.
- Le he dicho que se puede pasar sobre las seis –dijo, armada de contundencia hasta los caninos.
- No.
- Cómo que no.
No pongo exclamaciones porque no sé cómo puntuar el grito que abortó.
- Pues que no, que no me ha dicho eso –repliqué. Supero el miedo con rapidez. Con mucho esfuerzo, también-. No me lo ha pedido, me ha dicho que lo haga. Ha dicho “sobre las seis” ¿qué hora es sobre las seis? En mi idioma, y estudié enfrente de un colegio de pago, eso es entre las cinco y las siete. Pregunte a quien quiera. Mis amigos son el estandarte de esto que le digo. Aunque claro, usted no los conoce. Mejor no les pregunte. Le iba a costar encontrarlos. Aunque con Facebook…
- Señor, a las seis una de mis compañeras estará aquí. Tendrá su informe y cuando le entregue la documentación, solucionado.
Le había contagiado el miedo en un estornudo de sinceridad excesiva. Hago bien eso.
- ¿En serio? ¿Ya está? Tengo un estupendo discurso preparado. No es nada fácil. Primero he tenido que predisponerme a discutir con usted. Luego he ensayado en la ducha. Me he vestido y he desayunado un cigarro y un café de ayer. Mientras cagaba –mi desayuno lo pidió a gritos- he vuelto a ensayar. Me he tenido que limpiar después de una ducha. No es una sensación que recomiende. He elegido el coche como medio de transporte y me he plantado aquí. Al conducir también ensayaba. Tras arduo trabajo ha resultado usted desconcertantemente amable. Lo he soportado y he tenido que tragarme mi guión. No sé si me ha visto masticar, pero he tardado un buen rato. Y llegamos a este momento. Va usted, como si nada, y me vuelve a conceder ilusiones y un escenario en el que explayarme con su incompetencia. Eso no se le hace a las gentes de bien.
- A las seis en punto estaremos encantados de atenderle –dijo a un volumen apropiado. Estupendo para poder escuchar la mini banda sonora que eran sus ojos abiertos hasta la frente.
- No juegues conmigo, Sandra. A las seis en punto cruzaré esa puerta –finiquité sobreactuando como requería la circunstancia.
Ella puso la mano sobre su plaquita identificativa. La tenía en la teta izquierda. La del corazón. Con un suspiro de profundidad conmemorable me miró mientras cruzaba el umbral que me separaba de morir congelado. Supe en ese momento… Qué va, es coña. Me fui sin más. Como mucho me miró el culo, que con estos vaqueros lo tengo de siete y medio sobre diez. Comí, me eché un siestazo. Me quedé dormido y tengo cita dentro de dos meses.
viernes, 26 de agosto de 2011
Quince minutos de gloria
lunes, 15 de agosto de 2011
Julio y la ensaladilla mágica
Julio y María llegaron a eso de las once y media de la noche. Habían pasado varias horas en el hospital y decidieron quedarse a dormir en casa de la madre de ella. María cayó a plomo sobre el sofá. Las pruebas y los medicamentos la habían cansado. Julio sólo pensaba en comer. Su estómago gruñía con lujuria. Entró en la cocina. Un imán de nevera sujetaba una nota:
miércoles, 27 de julio de 2011
Casi una historia de violencia
Tenía yo la viscosa edad de 17 años. Los mismos tenía Juan. Costó un mundo convencer a los respectivos padres para que nos dejaran asistir al concierto. Kaskärrabias, Vallecas, 22:00 horas. Todo un lujo para nuestras frescas y juveniles orejas. Los oídos los estábamos educando aún. Hace poco volví a escucharlos y a Satán pongo por testigo de que eran el peor grupo del momento. Ajenos a que la madurez llegaría a nosotros más tarde que temprano, Juan y yo logramos el ansioso permiso paterno.En el concierto lo normal. Juntamos las monedillas para tomar una cerveza marca Acme y lo flipamos oyendo temazo tras temazo entre pelambreras y sudores heavys. En medio de todo aquello nuestras caras en la fase final del pavo podían distinguirse desde el Meteosat. Apuramos el tiempo. Hubo que salir por piernas para llegar al autobús a la hora acordada con los progenitores. El metro más lento de todos los tiempos nos llevó hasta Atocha. La hora nos había ceñido los glúteos. El transporte cada vez más despacio y el reloj más urgente a cada segundo.
¡Maldita sea! Era la hora. Salimos de la boca de metro y la suerte quiso hacernos un regalo. Al otro lado de la avenida el autobús con destino Parla avanzaba hasta el semáforo. Nuestras nalgas nos concedieron el beneficio de relajarse para permitir nuestra carrera suicida. Cruzamos los dos sentidos de la avenida. Recuerdo luces y claxons, dos “hijoputas” y un “os vais a matar imbéciles” impactaron en nosotros. Llegamos sanos y salvos al otro lado. Me disponía a tomar algo de aliento y sacudirme los insultos de los amables conductores cuando un codazo de Juan me advirtió. El Bus se ponía en marcha.
Se ve que no tuve suficiente jugándome la vida al cruzar y, sin abandonar la carretera, corrí en sentido opuesto al autobús para encararme con él. Tenía que detenerlo e iba a hacerlo. Unas gotas de sudor más tarde estaba frente al gigante. Se detuvo. Aporreé con fuerza la luna frontal gritando “Parla Parla” como si su equipo de fútbol hubiese ganado la liga. Me aseguré de que ese animal metálico no se moviera. Estaba a punto de vencer. Me dirigí al lateral trasladando mi aporreo de la luna a la puerta de acceso. Por primera vez mis ojos se detuvieron en el rostro del conductor. Ese señor me miraba fijamente con enorme sorpresa. Sin duda admirado por mi arrojo y valor. Un momento de lucidez me permitió cambiar mi discurso. Ya no vitoreaba al Parla, había logrado articular “¡Voy pa´ Parla, voy pa´Parla!” Las puertas comenzaron a abrirse ¡victoria! Iba a acceder al vehículo. Un hombre solo había logrado vencer a la máquina. Puse el pie en el primer escalón y una luz celestial nos iluminó a mí y a… ¿dónde estaba Juan?
- ¿Qué haces? –pronunció pausadamente el autobusero.
- Voy a Parla –creía haberlo dejado claro-, éste es el de Parla ¿no?
- Sí –confirmó mientras me disponía a invadir el segundo escalón.
- Muchas gracias –le dije con condescendencia al derrotado.
- Por qué no te pones en la fila como todo el mundo –con la barbilla señaló el lugar al que se referían sus palabras.
Semiacomodado en el escalón y oliéndome la tostada giré mi cuerpo hacia la dirección indicada. Una enorme fila de gente me alcanzaba con sus pupilas. Las risas eran escandalosas. El autobús se disponía a cumplir su obligación con la luz verde del semáforo para llegar a su parada cuando un gordo de 17 años se le lanzó encima. Al final de la fila, con todos los dientes a la intemperie, Juan se descojonaba. Humillado y derrotado como un cachorro bajé y me situé detrás de mi estimado amigo. Me tomé unos segundos para analizar lo ocurrido. Encontré al culpable.
- Juan ¿por qué no me has avisado? –dije con mi irresistible tono acusador en busca de una migajas de dignidad.
- Tío, es que estabas tan puñeteramente convencido que no he querido interrumpirte -¡Zas! En toda la boca.
Decidí guardar silencio durante el resto de la espera. Las risas y murmullos me acompañaron hasta que llegó mi momento de picar el billete en la dichosa maquinita. Éramos los últimos, yo más último que Juan, con lo que los espectadores ahora sonreían y me miraban desde sus cómodos asientos. Nunca he sido yo de decepcionar a mi público. Metí el billete del revés, sonó el pitido de error y el billete saltó por los aires. El aplauso fue unánime.
Qué noche llevas, chaval. Concluyó el amable señor del volante.
